¿QUÉ ES?

24.06.2025


A lo largo del siglo XVIII el teatro fue un espectáculo muy frecuentado. Tenía muy poca calidad pero un amplio repertorio para el entretenimiento; se denominaron comedias. El teatro neoclásico nace con dos preocupaciones principales, una de carácter estético y otro ético.


A partir del último tercio del siglo, los escritores neoclásicos defendieron un teatro realista, de carácter educativo y basado en la preceptiva aristotélica de las tres unidades de espacio, tiempo y acción. Los teóricos crearon reglas estrictas: una obra sólo podía tener una trama, la acción debía desarrollarse en un periodo de veinticuatro horas y en un solo lugar. El fundamento de estas reglas era que el público del teatro, sabiendo que debía permanecer sentado en un lugar durante un tiempo, no creería que una obra pudiera desarrollar su acción durante varios días y en varios sitios. 

El Punto de Partida: Entender el Teatro Neoclásico desde su Propia Mirada 

El principal desafío al entrar en el universo del teatro neoclásico no consiste en explicar sus leyes, sino en aceptar la perspectiva desde la cual fueron formuladas. Las normas en sí no son difíciles de entender, pero sí lo es asumir el marco de pensamiento que les da sentido. Si el espectador observa la obra desde un punto de vista distinto, el resultado puede parecer deforme o incluso ridículo. Solo desde la mirada correcta, el sistema neoclásico adquiere coherencia.

Primer Dogma: La Dramaturgia Como Verdad Universal 

El neoclasicismo dramático se caracterizó por un radicalismo e intolerancia que, aunque en un primer momento pueden parecer chocantes o incluso repulsivos, se legitimaban por su fundamento en la tradición grecolatina, la razón y la psicología del espectador. Estas tres bases eran consideradas verdades universales e inmutables, válidas en todo tiempo y lugar, sin admitir relativismos culturales, teatrales o nacionales. Los neoclásicos asumieron la tarea de legislar universalmente sobre la dramaturgia, convencidos de que, al definir correctamente su función social, comprender las exigencias del público y aplicar la razón, solo una forma correcta del teatro era posible. También creyeron que su época estaba destinada a establecer estos principios de una vez por todas, pues por primera vez en la historia, la humanidad presenciaba el amanecer de una era donde la justicia y la razón se impondrían como un sol universal, superando el aislamiento de minorías incomprendidas. 

Segundo Dogma: El Teatro como Herramienta de Reforma Social 

Los neoclásicos creían que su época debía impulsar una reforma profunda de las costumbres sociales y formar un nuevo ciudadano más solidario, cívico y feliz. Para lograrlo, no solo bastaban leyes y medidas coercitivas: era necesario transformar la mentalidad colectiva mediante la educación y, sobre todo, la persuasión. Aunque el discurso teórico sirve para instruir, solo llega a una minoría con disposición intelectual. Para alcanzar a las masas, la mejor vía era "enseñar deleitando": transmitir enseñanzas a través del arte sin que el público lo perciba directamente. En el siglo XVIII, el teatro era el medio más eficaz para esta misión: accesible, visual y auditivo, incluso para analfabetos; no requería lectura, y reunía frecuentemente tanto al pueblo como a las clases altas. Así, el teatro se convirtió en el canal privilegiado para difundir los ideales neoclásicos.

Tercer Dogma: El Teatro Como Representación de lo Universal 

Para los neoclásicos, el teatro no debía limitarse a copiar la realidad tal como es, mostrando personas o hechos particulares, sino que debía representar lo universal: lo que es común a todos, lo esencial. A esto lo llamaban imitación fantástica, a diferencia de la imitación icástica, que solo reproduce casos individuales. Luzán explica esta diferencia con un ejemplo: un pintor que retrata a una persona específica hace imitación icástica, mientras que otro, como el legendario Zeuxis, que reunió los rasgos más hermosos de varias mujeres para pintar a Helena, crea un ideal, una imagen universal de la belleza. Así, el verdadero creador no es quien simplemente refleja la realidad, sino quien transforma y mejora lo que ve, usando su imaginación para enseñar modelos de conducta y belleza. Por eso, el teatro neoclásico debía aspirar a mostrar lo mejor del ser humano, no lo cotidiano o vulgar. 

Cuarto Dogma: Verosimilitud y Decoro como Reglas de Credibilidad y Orden 

Para los neoclásicos, la verosimilitud es una condición esencial para que el teatro cumpla su función educativa. No importa tanto que lo representado sea verdadero o posible, sino que parezca creíble para el público. Por eso, un hecho imposible pero verosímil es preferible a uno posible que parezca inverosímil. El poeta no debe copiar la historia ni la ciencia, sino mostrar lo que podría suceder según las expectativas del espectador medio. Esto implica incluso modificar la verdad histórica para hacerla creíble.

En este marco, el decoro es la aplicación de la verosimilitud a los personajes: deben comportarse de forma coherente con su rol, edad, sexo, clase social y cultura. Por ejemplo, un rey debe hablar y actuar como rey, y no como campesino. Solo en casos excepcionales —como situaciones extremas— pueden permitirse desviaciones, siempre que se mantenga la lógica interna del personaje.

Además, el decoro no solo afecta la psicología de los personajes, sino también aspectos visuales y escénicos como su vestuario, actitudes y movimientos. Así, verosimilitud y decoro juntos garantizan que la obra sea comprensible, creíble y ejemplar para todo tipo de público, incluso para los que no poseen formación académica.

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