Vestuario

El vestuario en el teatro neoclásico reflejaba el espíritu de orden, decoro y verosimilitud que caracterizaba esta corriente. A diferencia del teatro barroco, donde se priorizaban el exceso y la ostentación, el vestuario neoclásico tendía hacia la sobriedad, la coherencia histórica y social, y la armonía con el carácter del personaje. 

Una de las principales reglas era el decoro, es decir, que cada personaje debía vestir de acuerdo a su estatus social, edad, sexo, profesión y época. Un rey debía verse majestuoso, un sirviente con ropa simple, y una mujer virtuosa debía vestirse con modestia. Este principio no era solo estético, sino moral y pedagógico: el vestuario debía ayudar al público a reconocer el papel de cada personaje en la jerarquía social. 

Aunque el teatro neoclásico se inspiraba en la Antigüedad grecolatina, no usaban trajes exactos de época, sino una versión estilizada que combinaba elementos clásicos con la moda del siglo XVIII. Por ejemplo, en tragedias ambientadas en Roma o Grecia, los actores podían usar túnicas largas y capas, pero con pelucas empolvadas o elementos más modernos que el público reconociera fácilmente. La prioridad era la claridad y la verosimilitud según la percepción del espectador de su tiempo. 

En las comedias, que trataban temas contemporáneos y costumbres sociales, el vestuario se acercaba más al atuendo diario del siglo XVIII, especialmente en las clases medias y altas. Se usaban levitas, corpiños, sombreros, abanicos o bastones, cuidando siempre que reflejaran la posición social del personaje. Nada debía ser excesivo, grotesco o inapropiado. 

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